La misa del día de San José en Fresno.

Artículo publicado en El Cantábrico, el día 1 de abril del año 1.912.
En él, se nos describe la suntuosidad de la misa del día del patrón del pueblo en aquellos tiempos del año 1.912, y se reflejan las costumbres de la época


De la vida aldeana
En el templo y en la calle.

En la monótona quietud cotidiana de la aldea se ha hecho una pausa.
Hay una algarabía loca de campanas; los cohetes rasgan el espacio, como flechas de fuego, y desde lo alto vierten una lluvia de estrellitas menudas que brillan un instante y en seguida se apagan, como ilusiones de la humanidad.
Poco a poco van llegando, frente a la iglesia, mozos endomingados, de caras tostadas, de recias espaldas, de decires picaros. Tras de la estela de sus risas llegan grupos de mozas jocundas y parleras. De vez en vez cruza una viejecita enjuta, encorvada, tocada enteramente con manto negro, o bien un anciano de faz rasurada, de piel flácida, que con voz opaca os da al pasar unos “buenos días” mansos. Estos viejecitos, que se han puesto sus galas para acudir al templo, son amables, simpáticos, un poco ingenuos. Si por casualidad os paráis cerca de los corros donde charlan, los oiréis hablar de cosechas o de ganados; si los miráis, los veréis otear la altura con ojos escrutadores: estos ancianos son, por mitad, labradores y astrónomos.
Las doncellas penetran en la iglesia sin detenerse a saludar, sin osar apenas levantar los ojos del suelo, ungidas de fervor, temerosas de pecar. Convencidas de la flaqueza humana, no se atreven a poner la vista en la cáscara de la manzana sabrosa, aterradas de la fragancia que despide.
Los varones se van agrupando a la puerta de la iglesia y discurren sobre la marcha del Conceju, sobre las probabilidades del tiempo; algunos despellejan al ausente, hasta que unas campanadas les hacen suspender su piadosa tarea y penetrar en el templo.
Las mujeres, delante, arrodilladas, oran ante los cirios crepitantes de las tumbas; detrás se van colocando, en pie, los hombres; en el coro, una voz áspera, de bajo enronquecido, gruñe unos latinajos fantásticos, acompañado de otras vocecitas infantiles, cortantes, aflautadas.
Cuando llegan a pasajes que conocen bien, cantan enardecidos, con ahínco, se desgañitan chillando; luego el diapasón desciende, van apagándose las vocecitas aflautadas y entonces el bajo arrastra las palabras, rumia el latín, dando al cántico un tonillo de siesta, soporífero, anonadante.
En el altar mayor, dorado, brillante, de columnas salomónicas, entre las que se afirman unos santos ignotos para mí, ofician la misa solemne tres curas altos, magníficos dentro de sus casullas de colores vivos, de áureas trencillas.
Otro cura delgadito, albo, agita con acompasado movimiento el incensario. Dos rapaces, envueltos en túnicas rojas, sostienen los ciriales, plateados.
De pronto enmudecen los cantores; los oficiantes se retiran a un lado, mientras sube al púlpito un hombre panzudo, cuyo rostro rubicundo y tipo grasiento aleja de nuestro recuerdo la imagen de aquellos místicos que se abrasaban en brasas divinas. Este señor ha susurrado unas palabras que no hemos podido entender, pero que deben ser profundas, inquietantes, caóticas, porque los fieles se han prosternado de hinojos y se golpean despiadadamente el pecho; este señor ha marcado una reverencia y luego se ha cubierto tranquilamente la cabeza. Su tranquilidad ha llevado a nuestros corazones suspensos una ecuanimidad encantadora; hemos dado un suspiro de alivio, hemos respirado a nuestras anchas, libres ya del peso de aquellas palabras misteriosas que no logramos oír.
Luego, la voz del orondo predicador nos ha dejado atónitos con una acusación tremenda.
Todas las miserias de la vida, ha dicho, todos los dolores que afligen a la humanidad, son manifestaciones de la cólera divina. (Ingenuamente confesamos que no sabíamos que Cristo estuviese sujeto también a malas pasiones, como cualquier miserable mortal). Dios castiga a la raza pecadora por su falta de fe; Dios hará caer todo el peso de su justicia inexorable sobre esos monstruos de incredulidad que emponzoñan el mundo, sobre esos seres satánicos que escriben en la mala prensa; Dios … ¡Oh! os aseguro que estas palabras del orador llegaron a estremecerme de emoción. ¡Me parecieron tan evangélicas! ¡Respirábase en ellas un perfume tan consolador de caridad cristiana, de compasión para los ajenos errores y de amor al prójimo!
Así que ha soltado todas estas acusaciones tremebundas ha sonreído beatíficamente y ha descendido del púlpito.
La misa ha seguido aparatosa, con toda la pompa relumbrante y gárrula de la liturgia católica. Han vuelto a resonar las voces en el coro. De vez en cuando la campanita aguda y vibrante de un reloj misterioso ríe burlonamente, poniendo un comentario irónico a la ceremonia. Al fin, uno de los oficiantes se vuelve al público: ite misa est,  dice . Y estas palabras, que han parecido interminables, porque el cura cantor las ha retorcido, las ha prolongado con vocalizaciones estupendas, como si entonara el verso final de una copla flamenca, nos han causado una amable sensación de dulzura.
Salimos. El cielo está limpio de nubes. Brilla el sol. El sol, sin cenefas doradas, ni olores de incienso, ni crepitar de cirios, pone en las almas un divino poema de bondad y amor.
Bendito el sol, que aparta de nuestros pensamientos imágenes sangrantes y caras empalidecidas y angustiosas; bendito el sol, que aleja de nosotros la idea del dolor y nos trae entre sus rayos quimeras de optimismo; bendito el sol, que con el milagro de su luz hace brotar flores fecundas en el yerto campo de la humana melancolía…

J. Barrio y Bravo.

En Fresno, marzo de 1.912