SUS POEMAS

Sonetos

Sin razón nuestro espíritu flaquea:
un momento no más llena la vida
de amarguras o goces sin medida;
una sola palabra el todo crea.

Solo un punto decide una pelea;
uno de contrición gloria cumplida
promete al alma que se ve perdida,
y a vencer otras cien basta una idea.

Pues si tanto hay así que nos asombre,
¿sabremos hasta el día tremebundo
si la hechura de Dios no honra su nombre?

Ningún germen divino es infecundo:
brotó la humanidad con sólo un hombre
y un hombre sólo ha redimido al mundo.

II

Padre eternal, artista soberano:
cuando dabas tu imagen a la tierra,
con ese tu sentido que no yerra
del porvenir abrías el arcano.

Y contemplaste nuestro afán insano
al imperio del bien haciendo guerra,
y ante la iniquidad que el orbe encierra
no vaciló tu omnipotente mano.

Infundes voz al hombre y te escarnece,
sentimientos y al tuyo se resiste,
pensamiento y le arrastra y obscurece…

¿Por qué en la culpa libertad le diste?
Porque así gloria en la virtud merece,
que señor y no esclavo le quisiste.

Antonio García de Quevedo

Publicado en Revista Cántabra el 30 de mayo de 1.909

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¡Señor!…

Postrado estoy bajo la santa nave
con miedo tal, mientras en cruz espiras,
oh mi Dios, que a los truenos de tus iras
miedo no hubiera de sufrir tan grave.

Por que le sufro tu pasión lo sabe
y mi conciencia que manchada miras.
¡Y de mí tus piedades no retiras
y hasta llanto me das con que se lave!…

Sin tu amor a lograrlo no bastara
hundir mi vida en lágrimas austeras,
pero yo sé, rindiéndome ante el ara,

que si mancha de culpa tú me vieras,
porque siempre de culpa me librara…
¡hasta tu sangre y corazón me dieras!
Antonio García de Quevedo

Publicado en Revista Cántabra el 11 de abril de 1.909

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Estatua de nieve

Van las sombras de la noche
los horizontes cubriendo.
Cayó la primer nevada
y duerme aterido el viento.

Manto de intensa blancura
visten ya valles y oteros,
y ni cantan pajarillos
ni murmuran arroyuelos.

Triste ya el árbol, parece
la cabellera de un viejo;
pálido fantasma el monte,
negro abismo el firmamento.

Y las humildes viviendas
que se destacan a trechos
parecen informes ruinas
de alguna ciudad que ha muerto.

II

¿Qué algazara de repente
surge en la plaza del pueblo?
Son los muchachos que juegan.
¡Siempre la alegría en ellos!

Es que en su frente reciben
las bendiciones del cielo.
Flores son que bien arrostran
las inclemencias del tiempo.

Al aire pies y cabeza
traen algunos rapazuelos
y van y vienen ufanos
al frío tenaz ajenos;

pues, mientras arrecia el frío,
en sus inocentes pechos
arde el afán que redobla
la actividad y el esfuerzo.

Retozan, gritan y lanzan
risas y graciosos retos,
y se revuelven y giran
como confuso hormiguero.

¿Qué empresa llevar á cabo
pretenden con tal empeño?
¿Por qué del hogar se apartan
y muestran tanto desvelo?

III

Frente por frente a la Iglesia
y de la plaza en el centro,
sobre base de granito
álzase una cruz de hierro.

Y los traviesos rapaces
con nieve la van cubriendo,
de tal modo, que otra cosa
la juzgara el más experto:

blanco mármol, escultura,
girón de algún monumento,
trasunto de edad pasada
que herido resiste al tiempo.

Los muchachos lo contemplan
con aire de satisfechos,
como contempla el artista
la concepción de su genio,

o un ¡ay! angustioso lanzan
porque el gigante muñeco
deja desprender un brazo
vencido a su propio peso.

Mas siempre que les ocurre
algún incidente adverso,
aguzan con más ahínco
los artífices su ingenio.

Hasta que por fin la estatua
llega a su próspero término
y se van a los hogares
conversando y discutiendo.

IV

– ¡Qué bien se ve desde aquí!
– Parece un santo. – ¡Y es cierto!
– Como el que sobre la entrada
de la Iglesia ayer pusieron.

– Aquél es más grande. – ¡Quiá!
– Este es mayor. – ¡Ya lo creo!
– ¿Y no le ponemos nombre?
– ¿Y qué nombre le pondremos?

– El mío: a los que pregunten
les decimos que es San Cleto:
Cleto es un nombre bonito.
– No, señor; ese es muy feo.

– Pues pongámosle mi nombre:
les decimos que es San Pedro,
que este es un santo que á todos
abre las puertas del cielo.

– Yo le planté la cabeza
y yo bautizarle debo.
– Yo, que le colgué las manos.
– Yo, que dije que le hiciéramos.

– Todos haciéndole fuimos,
y para quedar contentos
y que, mañana, á la gente
le guste lo que hemos hecho,

vamos a ponerle el nombre
del santo patrón del pueblo:
sea San José. -¡Que sea!
– ¿Y el niño? – Se le hace luego.

– ¿Y la vara? – La cortamos.
– Ya veréis, ya, compañeros,
cómo nos da el señor cura
recortes de hostias en premio.

– Pues a mí, en cambio, Josefa
me da un abrazo lo menos.

El sol asoma su lumbre,
límpidos están los cielos;
todo anuncia a los mortales
un día hermoso de invierno.

La campana de la Iglesia,
con uniforme volteo
a misa llamando, pone
a la gente en movimiento.

Y se ven, apresurados
y en sendas capas envueltos,
los de edad más avanzada
acaso llegar primero.

Mas ¿qué será lo que atrae
aquí la atención del pueblo
que sin entrar permanece
ante el pórtico del templo?

¿Será la estatua soberbia
y los artistas aquellos
que esperaron que su fama
deslumbrase el día nuevo?

Vedles, agrupados todos,
abatidos, macilentos;
desnuda la cruz contemplan
tristemente y en silencio,

mientras el anciano cura
les dice con suave acento:
«Con la gloria de este mundo
soñabais… ¡ah, pobres ciegos!

Ya veis deshecha la nieve
que fuisteis aquí trayendo.
¡Ilusión es esta gloria
como todo lo terreno!
De hoy más, a la de allá arriba
dirigid el pensamiento:
¡la de aquí dará tan sólo
una cruz a tanto anhelo!»

Antonio García de Quevedo

Publicado en Revista Cántabra el 23 de abril de 1.910

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Hojas

Como en tropel constante las ideas
girando una tras otra,
así, en raudos remolinos,
en el otoño vuelan las hojas.

Como por vara mágica atraídas
mil espirales forman
y las alamedas cruzan
hasta que, inertes, los surcos bordan.

Errante la mirada sigue en ellas,
visión fascinadora,
y voces místicas finge
el rumor vago que alzan sus ondas.

¡Quién pudiera copiar esa harmonía
de matices y notas!
¿Oís? Lo que va creándose
domar intenta la dura forma.

Mientras lo que su forma va perdiendo,
en procesión ruidosa,
hacia el incógnito abismo
— crisol de vida — sigue su ronda.

Como águila caudal contempla osada
la mente pensadora
claro sol, meta sublime,
pero, aunque avanza, jamás la toca.

Hoja mi vida que, rodando, corre
al mismo impulso que otras,
también entona su queja
como otras muchas su queja entonan.

Hay algunas que dejan sobre el polvo
una estela de gloria,
que no es más que un epitafio:
en él los pueblos leen su norma.

Es el grito que arranca la impotencia
a quien llegar no logra
al no más allá: la linea
que los mayores impulsos corta.

Quizá los astros por el cielo ruedan
lo mismo que las hojas,
y oyen su rumor las almas
que a eterna vida suben gozosas.

Todo canta y se aleja; todo brilla
y se pierde en las sombras
con voz débil ó gigante,
con luz opaca o esplendorosa.

¡Ah, todo pasa y pasará lo mismo!
Hasta el mundo, esta hoja
de la mano del Eterno
caída, rueda. ¿Do va? ¡Qué importa!

Esas, que son juguete de los vientos,
del jardín seca alfombra
serán hoy, pero, algún día,
quizá de nuevo su alta corona.

Así pasando en rotación constante
voces, ideas, hojas,
vidas y pueblos y aun astros,
jamás acaban, que se transforman.

Cada generación a tal poema
va añadiendo su estrofa,
y a veces, lo que ya ha sido
es nueva piedra de esa gran obra.

¡Salve, salve, divina Inteligencia!
Si la humana es tu sombra,
el orbe es el vasto espejo
donde reflejas tu imagen propia.
Antonio García de Quevedo

Publicado en Revista Cántabra el 12 de noviembre de 1.910

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Misterio

Diecinueve años cuenta, ¡qué criatura!
a fe que es de hermosura vivo dechado;
voy a mostrar a ustedes su filiatura
rubia la cabellera, seno elevado,
ojos grandes y negros, risa traviesa…
¿Quién al mirar sus gracias burla sus redes?
La chica vale todo cuanto ella pesa
(y pesa siete arrobas, ¡ya ven ustedes!)
¿Me preguntan algunos quién es su novio?
Ninguno le conoce y el caso es serio;
¿cerca de cuatro lustros y aún el microbio
del amor no la pica? ¡Raro misterio!

 
II
Dicen no tiene novio por miedo al báculo
de su paterfamilias, que es una fiera;
pero yo creo que ese no es gran obstáculo,
porque la pasión salva toda barrera.
Además, aunque el sea tan hotentote,
sabe que, por razones bien especiales,
el doctor la ha prescrito muy formalote
jarabe de himeneo para sus males.
Ora engorda la niña y ora enflaquece,
ya salta de alegría, ya arma un tiberio,
ya se ríe, ya llora… ¡conque parece
que todo está diciendo que aquí hay misterio!

 
III
De ella el vulgo murmura, pero no acierta;
poco al balcón la vemos, ¡es tan sencilla!…
A veces su ventana se encuentra abierta,
pero siempre está echada la cortinilla.
Cuando sale de casa ¡que sofocones!
Todo social concurso mira con ceño.
Ni a los bailes asiste ni a los sermones,
porque en guardarse en casa cifra su empeño.
Debe ser una joven muy hacendosa,
¡cumplirá con tal celo su ministerio!…
Pero ¡si sus quehaceres no son gran cosa!
Caracoles, no hay duda que aquí hay misterio.

 
IV
-Pero, calle, ¿es aquella?
-Pues por supuesto.
-¡Si esta más escurrida que una lamprea!
-¡Que palidez! Decidme, ¿como ha sido esto?
¿En donde, en donde ha estado?
-Pues en la aldea.
-¿Y quien la acompañaba?
-Fué con un primo,
con quien compartió siempre su cautiverio.
-¡Cielos! ya mi caletre no más es primo;
todo lo he comprendido. ¡Ya no hay misterio!

Antonio García de Quevedo

Publicado en la revista satírica Madrid Cómico el 30 de octubre de 1.886

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Cantares

Aunque fueras un puñal
que me arrancase la vida
te quisiera tener yo
dentro del pecho escondida.

Quiero vivir en el mundo
no porque tema a la muerte,
si quiero vivir es sólo
porque sé que tu me quieres.

Mi corazón es un libro
donde el placer fui apuntando,
desde que tú me faltaste
las hojas están en blanco.

La fuente a donde acudías
escucho yo horas enteras;
parece que me repite
tus amorosas promesas.

Por no sé qué travesuras
procesaron al amor,
el tiempo hacía de juez
y a muerte le condenó.

Sabio que mucho cavilas,
déjate de cavilar
y enséñanos el secreto
que dé la felicidad.
Antonio García de Quevedo

Publicado en Revista Cántabra el 8 de julio de 1.911

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Pedi – mento

  Piedad, por piedad pie dad
a mi opúsculo: yo sé
que en la empresa caeré
de pie, si pie dais Piedad
  Quizá, al pie de él, con fiereza,
llegue a lanzar este grito:
«Como con los pies escrito
no tiene pies ni cabeza.»
  Mas, cerrado en mis cosillas
cual pie de muleto soy;
¡no vuelvo pies atrás hoy!
creédmelo á pie juntillas.
  Señora, me explicaré:
yo aquí vuestro amor demando,
yo de pie quebrado ando
desde que os he visto el pie.
  ¡Ay qué pie! Rápidamente
mi pie tras él de echar hube
¡y, viendo tal pie, a pie estuve
de perder el pie y la mente!
  Hablar quise con vos sola,
toqué vuestro pie después…
¡Y se pegaron mis pies!;
¡Y ya no di pie con bola!
  ¡Miedo yo que vencedor
paré los pies a cien mil!
Porque soy guardia civil
de a pie: ¡si tendré valor!.
  Por ningún vicio me enervo
y, aunque a pie de los cincuenta,
tengo mi sal y pimienta
y en un buen pie me conservo.
  Si una me quiso atrapar
puse pies en polvorosa,
porque, al elegir esposa,
con pies de plomo hay que andar.
  No quiero en mi casa bulla,
y, a pie firme en el deber,
quiero que ande mi mujer
sobre un pie como la grulla.
  Y, si su pie se desliza,
y busca tres pies al gato,
yo saco los pies del plato
y… ¡vaya un pie de paliza!
  No: vos, bella entre las bellas,
de mi dicha el pie seréis,
y en virtud el pie echaréis
adelante a todas á todas ellas.
  Piedad, seguid á pie llano,
consecuente con el nombre
y al darme el pie no os asombre
que quiera tomar la mano.
  Por vuestros pies yo ando ciego,
en vuestros pies yo me inspiro
mas ¡ay! a los pies me miro,
¡conozco que al pie no os llego!
  ¡Los pies me faltan! Me aterra
el que en mi amor no asintáis
si vos por el pie le dais
¡caigo en siete pies de tierra!
  Pero, si el desdén no troncha
su pie, nada hay que me inquiete;
besa vuestros pies Juanete
(natural de Pie de Concha).

Antonio García de Quevedo

Publicado en la revista satírica “Madrid Cómico” Número 202 el 1 de enero de 1.887

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Pequeñeces

¡El deber, el deber! … Palabra vana;
no hay tentación mayor para el sentido
que su infracción: la madre soberana
ni aun hubiera tocado la manzana,
tal vez, ¡á no ser fruto prohibido!
Para poner tu madre en evidencia
tu pueril inocencia, ¡oh, Inocencia!
me decía: «No basta que la grite,
ni que por loca e informal la riña;
gusta más de jugar al escondite
cuanto más va dejando de ser niña.»

Antonio García de Quevedo

Publicado en la revista satírica “Madrid Cómico” Número 304 el 15 de diciembre de 1.888

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La Alabarda
No sólo ya tiene asiento
del paraíso en lo alto,
ni se limita á ser sólo
guarda de los empresarios,
sino que en cafés y plazas
se exhibe, como en teatros,
polilla de redacciones
y de círculos parásito.
Ella sostiene la peste
de genios … de contrabando,
de virtudes con falsilla,
de bellezas de retablo,
de honras que el atribuirlas
al presunto propietario
es hacerle un favor grande
y dejarle muy honrado.
De esta suerte el necio medra
y suele ser por sus actos
falderillo de las damas,
galeoto de bellacos.
¿Y qué será si la taifa
su esfera de acción va ampliando,
y en pateadores se truecan
sus animosos soldados?
¡Ay de aquel que, por ventura,
no toque pito en su bando,
o deserte de las filas
o se le resista el rancho!
Entonces la turba airada
caerá sobre el insensato
y ahogará el acento tímido
con sus zumbidos de zángano;
o, como quien suelta un dogo,
le soltará un criticastro
con hidrofobia de envidia,
carlancas de desengaños;
de esos que tienen conciencia….
de ser inútiles trastos
y de estorbo servir suelen,
sólo por servir de algo,
y que de idéntico modo
le cuelgan á Cristo un plagio
que de un émulo de Cheste
quieren hacer un Horacio.
Pero ellos beben y viven,
y, sin temor al escándalo,
no cesan, aunque en su empeño
sequen lengua, tinta y manos.
Lector, desconfía siempre
de la especie de que trato.
¿Que es difícil conocerla?
Ciertamente: ¡eso es lo malo!

Antonio García de Quevedo

Publicado en la revista satírica Madrid Cómico” Número 331 el 22 de junio de 1.889

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Memorias de una almohada
¡Que no me esponjo yo poco orgullosa
siendo esclava de dueña tan preciosa!
Al contemplar sin velos su hermosura
todas las noches siento calentura,
su aliento suave con placer respiro,
y al roce de sus bellas perfecciones
no es que cruja mi tela, es que suspiro
envuelta en inefables sensaciones.
Pura es mi Elisa á los diez y ocho abriles
como las auras del abril risueño
y casi invulnerable como Aquilcs
(si bien era este joven apreciable
en otro punto y modo vulnerable).
Yo dulcifico su inocente sueño
que es el de Eva mucho antes del mordisco,
y ella me cuida a mí como el arisco
prestamista a la prenda del empeño.
¡Me escamo! ¡Entre mis pliegues una carta!
¿Quién demonios la escribe:
¡Señor! si es un galán y le recibe
¡Que mal rayo le parta!
Ha estado de escritura. Pues contesta
a la carta; no hay más. ¡Carta funesta!
Lo consultaré, dijo,
con la almohada. ¡Pues si yo la hablase!
¡Ay! Cuando una mujer suelta esa frase
es que accede, de fijo.
Contemplando un retrato
ha estado mucho tiempo. Me interesa.
¡Cielos, es el de un hombre!
Ahora apaga la luz, ahora me besa;
ahora me abraza pronunciando un nombre
Ya es hora de que vuelva. Ha trasnochado;
se acuesta casi al despuntar la aurora.
¿Otra vuelta? ¡Cuidado
que está desazonada mi señora!
¡Qué modo de latir tienen sus sienes!
Parece el martilleo de una fragua.
¿Qué es esto? ¡Llanto! ¿Llorará desdenes?
¡Si pudiera su enagua
contarme la razón de estos belenes!
Pero ¡ca! los secretos de mi Elisa
no los suele saber ni su camisa.
(Proceder de mujer, siempre discreto
cuando suyo, y no de otra, es el secreto.)
Por ocho días hoy salgo de casa.
Me echan á la colada. Yo quisiera
saber lo que le pasa
a mi niña hechicera.
¡Horror de los horrores! ¡Vaya un pillo!
Todo me lo ha contado un calzoncillo
que lavaba la misma lavandera.
Antonio García de Quevedo

Publicado en la revista satírica Madrid Cómico en el número 396 el 20 de septiembre de 1.890

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A una que ya no es niña

Eso de que los quince años
son vuestra mejor edad
de seguro que lo dijo
el que no te vio jamás.

Imposible que tu misma
lograras atesorar
más encanto en menos tiempo:
¿que lograrán las demás?

Linea curva y linea recta
traban en ti lucha igual,
sobre quién de las dos puede
mayor belleza prestar,

y, en los estíos que cuentas,
prestáronla en grado tal
que mientras tu no sucumbas
en pie la lucha estará.

No ocultes la nieve escasa
que en tus negros rizos hay:
es la bandera que al viento
has arrancado al triunfar.

De las cosas de la vida
el saber ganaste ya
para distinguir al punto
lo cierto de lo falaz.

Heroína del amor,
ni le quieres evitar
ni herirte pudieron dardos
que muerte a las honras dan.

Los que tú mirando arrojas,
¿quien no los deseará
siquiera los guié solo
femenil curiosidad?

Admirable es tu persona
que tan bien supo hermanar
la juiciosa madurez
con la alegría jovial.

Y en tu madurez imperas,
¿pues que fino paladar,
contra la fruta en sazón
prefiere fruta en agraz?

Si el sol de la juventud
en ti poniéndose va …
¡hermosa puesta de sol
la que muestras en tu faz!

Nada se ve en ti que nuble
ese esplendor ideal
que hace a los que te contemplan
con dulces días soñar.

Y nadie, si bien te mira,
hoy siquiera pensará
eso de que los quince años
son vuestra mejor edad.

 

Publicado en El Eco de Santiago en el número 5366 el 18 de septiembre de 1.907

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La Mariposa de Otoño
¡Oh tú, reliquia viviente
de las pasadas dulzuras!
Deja que fije mis ojos
en tu sencilla hermosura.

De aquellas gasas de auroras
tan irisadas y fúlgidas
pequeño girón pareces
cuando en los aires ondulas.

Mas si a tus débiles alas
breve descanso procuras
también en tus alas veo
copiada la noche oscura.

¿Por qué viniste a la vida
si el tiempo muerte preludia?
¡Aleve el cálido soplo
que te arrancó de la cuna!

Sin rumbo preciso vuelas
y montes y valles cruzas:
tal vez pondrás tu esperanza
en lo que no logres nunca.

Tarde acudes a la orgía
de luz y de esencias puras;
secos juzgarás los cálices,
si no los moja la lluvia.

¡Pobre virgen insensata!
En vano al esposo buscas;
el sol, el amante esposo,
entre las nubes se oculta.

¿A qué viniste a la vida
si todo muerte preludia?
¡Ve, ya dilata tu reino
el gusano de las tumbas!

¡Quién sabe! En el bajo mundo
no hallan la fe ni la duda
un átomo que destino
ineludible no cumpla.

Aurea corona el trabajo
ciñe de mieses maduras,
y como joyel brillante
sobre ella ahora te encumbras.

Los crepusculares rayos,
¿no doran también la bruma
como encantados pinceles
que el genio de Dios empuña?

Nuevos hechizos señalan
árboles que se desnudan,
marjales que verdeguean
tomillares que perfuman.

Aún vienen días que halagan
y suaves noches que arrullan.
Las clavelinas florecen
entre las breñas incultas.

Estrellas del huerto, lucen
dalias, cineas y petunias,
y los frutales su savia
dulce y gomosa traxudan …

¿Que importa que más regalo
tuvieran hermanas tuyas?
Para el que otra no conoce
es grande toda fortuna.

Para ti serán del aire
besos las ráfagas rudas,
esplendor, débil aurora,
palacio, flor diminuta.

Como tú las horas vuelan;
Mas, como tú, no hay ninguna
que no nos muestre en sus alas
claror entre las negruras.

Sigue tu ignoto destino
y montes y valles cruza
¡Oh tú, reliquia viviente
de las pasadas dulzuras!

Sigue, sí; que Dios no olvida
a aquel que los cielos busca:
¡Para quien cumple sus leyes
jamás faltaron venturas!

 

Publicado en Revista Cántabra en el número 2 el 12 de enero de 1.908

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Junio

Pálida Musa que inspiras
melancólicas endechas,
depón, depón al instante
los lutos y las tristezas.

Llegó el mes apetecido,
el mes que más luz ostenta;
el de noches como auroras
y auroras de encantos llenas.

Ya se vistió su magnífico
ropaje Naturaleza,
manto ciñendo de flores
y empapándose en esencias.

Pero hoy se prende más fúlgidas
y numerosas preseas
para brindar con la vida
a las almas aún sedientas.

Desde el insecto al canoro
pájaro, todos su tierna
canción vibran; los nidales
mundos son que se renuevan.

Ya rebasando las tapias
los cerezos colorean;
ya las traiciones del tiempo
al débil brote no acechan.

El segador va humillando
la bien sazonada hierba
que a montañadas la yunta
luego con gusto acarrea.
Tranquilo el frágil balandro,
a las auras que le besan,
surca la espalda del monstruo
que las costas encadenan.

Resplandecientes fogatas
en la sombra reverberan
y los chicuelos saltando
su llamarada atraviesan.

Anímanse ya las playas
y, al par, las rústicas sendas
y vienen las romerías
a la vez que las verbenas.

Ya el Amor anunciar suele
las tradicionales fiestas
poniendo ramos frondosos
en las codiciadas rejas.

Alegres van a la bulla
las muchachas montañesas
que en hermosura compiten
con las de toda la tierra,

y alegres tornan cantando,
ya juntos ellos con ellas,
quitándose los perdones,
diciéndose chanzonetas…

Mas, como en cuerpo sin alma
no cabe humana existencia,
preciso es que lo terreno
a lo divino se adhiera.

Policromas colgaduras
en los balcones ondean;
caen a torrentes las flores
de manos de las doncellas.

Los placenteros tañidos
en los espacios alternan
con las fervientes plegarias
que la comitiva eleva.

Y bajo aurífero palio
la custodia centellea
como sol entre las nubes
en la aurora más espléndida.

En este feliz emporio,
que del Cantábrico es perla,
¡qué jubilosa algazara
cuando «San Pedruco» llega!

Mucha latió en romerías,
mucha en las otras verbenas,
mas… subid a la calle Alta
en alguna noche de esas.

Ni mantones de Manila
ni celebradas orquestas
veréis aquí, pero juro
que no olvidaréis tal fiesta.

Aquí, bajo farolillos
de papel que al aire tiemblan,
entre el vapor del aceite
con que los churros se tuestan.

abarrotando las calles
donde sube la marea,
todos ríen y se agitan,
todos hablan y se aprietan.

Contemplaréis las lozanas
y gentiles Sotilezas,
que la sal y la frescura
de nuestro mar en si llevan,

y al compás del instrumento –
de cualquier clase que sea,
bailar… hasta los peleles
que de las maromas cuelgan.

En tanto, el Patrón glorioso,
casi olvidado en la Iglesia,
entre severo y afable ,
su calva espaciosa muestra,

como diciendo: — Muchachos,,
puede continuar la gresca,
que ya os lo dirán de misas
en pasando primaveras. —

¡Oh mes de los días grandes,,
mes en que todo se alegra!
Por tí la Musa del llanto
sonríe: ¡bendito seas!

Publicado en Revista Cántabra el 3 de junio de 1.911

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Enramando
Llevaron en hombros, para no hacer ruidramo-fuego-agua-6398o,             
el soberbio ramo los dos compañeros,
y A navaja y hacha por la aserradura
le aguzaron presto,
por que no denuncie dónde le arrancaron
si alguien fuera A verlo.
Aunque ya prohíben allí que se enrame,
costumbre que tiene remoto abolengo,
sobre el ventanuco de hermosa aldeana
alzó sin fatigas el ramo uno de ellos,
y por que ninguno la atadura rompa,
fijole con una cadena de hierro.
Cadena de amores, por la que festejan,
arrastra el mancebo,
y cuida del ramo que al muro da sombra,
en tanto la luna le baña de lleno.
… -¡No, no; tu no sabes
lo que yo la quiero!
No sabes de fijo lo que sufre un hombre
después que trabaja y estrompa su cuerpo
pa ver ofrecerla, y en pago recibe
… ¡na más que silencio!
Cuando la pregunto si me quiere, y digo
que algunos preguntan cuándo nos leemos,
me mira un instante,
baja la cabeza suspirando, y luego
… ¡se va tan tranquila sin decirme nada,
por más que me quejo!
Si sigue con esas traspondré muy pronto,
porque … ¡Tú no sabes lo que yo la quiero!
Así tristemente, después, A su amigo
decía el mancebo,
mientras con sigilo la agraciada moza,
que dejó su lecho,
les oye, y contempla tras de los cristales
el ramo y al triste con ojos de fuego.
Y vuelta al reposo, piensa desvelada
que al día siguiente, San Juan o San Pedro
verán envidiosas el frondoso ramo
las otras del pueblo.
¡Que altivo y pomposo, pegado A la reja,
levántase al cielo,
como si del cielo la dicha esperara,
de amores constantes el símbolo siendo!
La corta del ramo con acres censuras
al salir de misa comentan los viejos,
aunque pronto callan o murmuran:
Ramos los que se ponían en aquellos tiempos.
Quien el ramo puso les oye y sonríe,
sonríe contento;
de los mudos labios de la moza acaba
de oír un ¡te quiero!

Antonio García de Quevedo
Fresno (Santander), noviembre de 1907.

 

Publicado en Revista Cántabra en el número 4 el 26 de enero de 1.908

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Alegrías

No hay noche que siempre dure,
ni pena que siempre mate,
ni alma que nunca se alegre,
ni cielo que nunca aclare.

Emperejilada,
coquetona y hueca,
mirando á los hombres
ibas por la feria.

Al verte, una duda
me asaltaba, prenda:
¿Irías de compra
ó irías de venta?

En cuanto llegas al baile
se queman por ti los mozos:
¿y cómo no, con el fuego
que tienes en esos ojos?

Pajarillo que en jaula
viviste siempre,
torpe ya, lejos de ella,
las alas tiendes.

Pensamiento que mucho
tiempo amor prende,
aunque de tu amor huyas
á tu amor vuelves.

Soñé que el alma tenía
ya de la gloria muy cerca;
me desperté, y vi que estabas
velando á mi cabecera.

No sé si porque el cielo
se alegra vienes,
ó si porque tu llegas
él está alegre.

Ni sé si marchas cuando
triste se vuelve,
ó si cuando tú marchas
él se entristece.

¿Conque piensas que amor es gran locura?
Tú misma, hoy fría, sentirás amor:
la rama que nos dió sombra y frescura,
encendida nos da luz y calor.
Publicado en Revista Cántabra el día 19 de septiembre de 1.909

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Tristezas

I

Pasó el amor como fugaz aurora;
una vez y no más se ama en el mundo.
¿En dónde hallar mujer que me tuviera
amor como el amor que ella me tuvo?

II

Mira si me ha querido:
sólo por verme
olvidaba a su pobre
madre doliente…
¡Y si yo la querria,
que por su garbo
olvidaba a la Virgen
que era mi amparo!

III

Entré en mi huerto: las flores
inspiraban alegría,
y, como verlas no pude,
las flores llorar me hacían.

Llorar me hacían las flores
y yo las dije al llorar:
— Encantos del huerto mío,
¿para quién os quiero ya?

IV

Otra vez las mariposas
vienen a buscar esencias
a las flores que cuidaba
mi jardinera.
Se paran breve momento
y como ya no la encuentran,
a los cielos se remontan:
¡van en pos de ella!

V

Un inmenso vacío
dejó en mi alma.
¿Con qué puedo llenarle
si ella me falta?

VI

Lo sé de sobra: para tanto duelo
bálsamos tiene el mundo
que nos embriagan y halagüeño fingen
el porvenir obscuro.

Mas dejad que la vida que me resta
la rinda por tributo…
¡Ay, para el ser amado que perdimos
el dolor es un culto!

Publicado en Revista Cántabra el día 26 de septiembre de 1.909

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Patria

¡Feliz el cariño
que abraza anhelante
la tierra en que al mundo
nos dio nuestra madre!

Aquí recibimos
como aliento de ángeles
sus pristinos besos,
su calor suave.

Aquí nuestro espíritu
creció, asimilándose
la eternal esencia
de sus ideales.
¡Por eso, alejados,
tus alas nos abres,
oh amor a la tierra,
y al nido nos traes!
Justo es que a la patria
pequeña se ame;
honrándola, a un tiempo
se honrará a la grande.
Mas si envidias viles,

recelos cobardes,
rencor y egoísmo,
bajo ese afán, laten…

Si en la región propia
el hombre encerrándose
al de otra rechaza
que hermano le llame;

si, olvidando que ella
de un todo es la parte,
romper quiere el símbolo
que ampara sus lares…
¡Ingrato es, ingrato
que niega su sangre;
demente que borra
sus fastos brillantes!

Entonces que grite
¡patria! sera en balde;
¡no honra a la pequeña,
deshonra a la grande!

¡Oh nido anhelado!
¡Oh cielos! ¡Oh aires!
¡Oh luz, que nos diste bautismo inefable!
¡Que el hombre enriquezca
la tierra en que nace,
que cante sus glorias,
que la honre, que la ame!
¡Anhelo bendito!
Así, condensándose
la fuerza más débil
se torna en pujante.
De ruin germen, bosques
pudieran formarse,
de átomos montanas
y de gotas mares…
¡Maldito aquel otro
afán que deshace
la augusta bandera
de la patria grande!

 

Publicado en Revista Cántabra en el número 8 el 23 de febrero de 1.908

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Versos

Como las perlas de un collar ya roto
por la mano del tiempo
confusos ruedan y al abismo caen 
mis plácidos recuerdos.

Mas no los de ella; fijos en el alma 
están, y, a veces, creo
que si la muerte la memoria extingue
habrán de vivir ellos.

¡Espera! me parece que susurra
su voz, aquí, en mi percho,
mientras todos me dicen en el mundo;
No esperes más, ha muerto,

Pasan lo años, y creyendo sigo
que la veré en el cielo
y que Dios ha de ser el sacerdote
de nuestro enlace eterno.

 

Publicado en Revista Cántabra en el número 15 el 12 de abril de 1.908

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A la poesía

¡Celeste emanación que nos fascinas!
¡Dulce esencia que todo lo perfumas!
¡Deidad propicia cuyas gracias sumas
nos hacen vislumbrar glorias divinas!

Por ti en mundos conviértense las ruinas,
en placer el dolor, en luz las brumas,
las irritadas ondas en espumas,
el cieno impuro en joyas diamantinas.

Gozo siento doquiera que te miro,
que el más triste lugar tornas ameno;
por ti la creación encantos tiene.

¡Amada eterna por quien yo suspiro,
déjame reposar aquí en tu seno
mientras vida terrena me encadene!

Publicado en Revista Cántabra en el número 190 el 9 de septiembre de 1.911

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Incoherencias

Considerando la aptitud menguada
del humano y su célico destino,
en medio de las zarzas del camino
ofúscase la mente conturbada.

¿Cómo será que un hijo de la Nada
reflejo pueda ser de lo divino
y sus pasos aquí mueva sin tino
marcando con errores su jornada?

En la acción de los astros, fuerza leve
representa el mortal con su guarida
aunque el fuego y el agua la renueve.

Y cuanto más en la terrena vida
hacia la cumbre que soñó se eleve
más próximo estará de la caída.

II

¡Lo pequeño, lo grande…! ¿Quién acierta?
De nuestra mente en la mudable copia
mal como bien y realidad y utopia
la faz, acaso, llevarán cubierta.

Quizá vasta región tumba es desierta
cuando la breve guarda vida propia,
y es más pobre quizá quien más acopia
y más süéña el mortal cuando despierta.

Vemos al choque de una y otra raza
difundirse dichosos resplandores;
las tierras que el estrago despedaza

frutos y frutos prodigar mejores,
y el adusto dolor, á quien le abraza,
palmas dar y laureles triunfadores.

III

El hombre más allá pone su mira:
sondea de los astros el torrente
y ante el libro sin fin de lo existente
por lo que más ignora más delira.

¡Cuánto de noble inspiración respira
cuando el cielo recorre con su mente!
Aun mirándole, sabio y no creyente,
culto acaso le dió con la mentira.

Si del arcano tras el velo denso
todo refleja tu poder. Dios mío,
¿no lo haría la esencia con que pienso?

¡Ah! Tu grandeza el bueno y el impío
copiarán… ¡como copia al sol inmenso,
aun manchada, la perla del rocío!

Publicado en Revista Cántabra en el número 71 el 9 de mayo de 1.909

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